Dónde Moras

¿Recuerdas como Jesús reclutó a sus primeros discípulos? El Señor es seguido por dos discípulos de Juan el Bautista, acaban de escuchar decir de su maestro que Jesús es el Cordero de Dios. La Biblia no nos dice cuánto tiempo siguieron Andrés y Pedro a Jesús, lo cierto es que en un momento dado Jesús se da cuenta que lo vienen siguiendo y se da vuelta y les hace una pregunta: “¿Qué buscáis?” (Juan 2:28). Ellos están curiosos de saber más de este hombre, y lo primero que se les ocurre decir ante tan inesperada pregunta es; “¿Donde moras?” Jesús pudo haber contestado esta pregunta en veinte mil maneras, por ejemplo pudo haber dicho; vivo en la calle Main y la avenida Belén, o cerca de la puerta la Hermosa. Pero Jesús vio una oportunidad de impactar a estos dos hombres y lo hizo de una manera sencilla pero efectiva, invitándolos a venir a su casa.

Los conocedores de las ciencias del comportamiento nos dicen que desde el momento que nacemos pasamos la vida experimentando dos experiencias polares. La experiencia de la inclusión y exclusión y el tiempo acumulativo entre ambas experiencias nos alimenta nuestra estima propia o no las daña y minimiza. Cuando papá y mamá nos dicen, “vengan hijos vamos a jugar,” nos toca una fibra sicológica muy fuerte que nos trae mucha alegría y nos gozamos el poder ser incluidos en el círculo familiar. Lo mismo sucede cuando en la escuela los amigos nos decían “ven, queremos que seas parte de nuestro equipo.” El tomarnos en cuenta e incluirnos en las diversas actividades nos hacía sentir bien y nos sentíamos importantes.

Pero lo opuesto es también cierto, cuando papá y mamá nos decían, “No, no puedes venir con nosotros ahora, este tiempo es para nosotros, vete a tu cuarto o a jugar afuera.” Por más que los amaramos nos sentíamos un poquito desconcertados pues nuestro deseo mayor era el de estar con ellos. Así pasaron los años, a veces siendo incluidos y a veces excluidos. Desafortunadamente estudios de la conducta humana muestran que aquellos de nosotros que pasado la vida siendo excluidos más que incluidos terminamos sintiéndonos desvalorizados, socialmente inadecuados y frágiles emocionalmente.

Hace unas semanas fui movido por el departamento de mudanza de la Conferencia de Oregón de California al estado de Washington. Uno de los trabajadores contratados para ayudar era un joven mormón que lo vino a dejar su esposa y lo vino a recoger en la tarde. Cuándo salió del auto a esperar que el esposo terminara con su trabajo, me di cuenta que ella estaba bien avanzada en su embarazo. Encontró una roca en el jardín y se sentó a esperar a su esposo. De pronto Adam, el esposo, vino y me preguntó; “¿Puede mi esposa entrar y ver tu casa?” Claro, — le contesté, y ella con pena entró a la casa, la cual por supuesto estaba echa un desastre con cajas por todos lados y muebles fuera de lugar.  Cuando terminó de pasearse por la casa, me agradeció y se volvió a sentar afuera. Yo la invité a pasar a la casa, le puse una silla en la sala y le invité a tomar de la Pizza que habíamos comprado para los trabajadores. Estuvo allí como una hora cuando de pronto salió del camión de mudanza un mueble que se me ocurrió ponérselo en frente para que ella pudiera elevar sus pies y estar más cómoda. Ella miró a Adam con pena como si dudando si era correcto poner los pies sobre el mueble. Adam, le dijo, “ya escuchaste, es para ti, sube los pies sobre el mueble.” Cuando llegó la hora de partida, fue una gran sorpresa escuchar a Adam preguntarme; “¿Podemos ir con usted a la iglesia mañana?” Dos mormones invitándose a asistir a la iglesia Adventista del Séptimo Día.

Jesús le dijo a Andrés y Pedro, “Venid y ved” y con esto lo hizo sentirse importantes y valiosos, porque estoy seguro que Jesús no solamente les abrió la puerta de su casa sino también su corazón y las puertas del cielo. Inclusión, una experiencia sicológica tan necesaria para el desarrollo normal de la experiencia humana. Adam y su esposa fueron mis visitas durante mi primer sábado en una iglesia Adventista en el estado de Washington. Durante el sermón ambos lloraron y fueron tocados por el Espíritu de Dios, disfrutaron de un delicioso almuerzo y quedamos como buenos amigos. Hace unos pocos minutos atrás Adam me escribió un texto diciéndome, “Queremos volver a ir a la iglesia con ustedes.” ¿Que hizo la diferencia? La sierva de Dios dice, “Sólo el método de Cristo será el que dará éxito para llegar a la gente. El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía a sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces les decía: “Seguidme.” (Ministerio de Curación, 102) Te invito a unirte conmigo y a ser la diferencia en tu comunidad donde hay miles y miles de personas sufriendo emocionalmente por sentirse excluidas y devaluadas.

November 03, 2016 / Acción
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